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SONETOS PARA NIÑOS

CONCEPTO DE SONETO

Es una de las combinaciones métricas más empleadas en la poesía española. Es de creación italiana y se introdujo en España en el Siglo XVI.
Consta de catorce versos generalmente endecasílabos de rima consonante, distribuidos en dos cuartetos seguidos de dos tercetos. El planteamiento de un tema se hace en los cuartetos y la resolución y conclusión en los tercetos.
Los cuartetos tienen la misma rima (ABBA, ABBA). Los tercetos suelen ordenarse CDC, DCD, aunque se admiten otras combinaciones (por ejemplo CDE, CDE).
Lope de Vega, describe con gran maestría las partes de un soneto:

SONETO DE REPENTE

Un soneto me manda hacer Violante    A
que en mi vida me he visto en tal aprieto;   B
catorce versos dicen que es soneto   B
burla burlando, van los tres delante.   A

Yo pensé que no hallara consonante   A
y estoy a la mitad de otro cuarteto;   B
mas si me veo en el primer terceto,   B
no hay cosa en los cuartetos que me espante.   A

Por el primer terceto voy entrando,   C
y aún parece que entré con pie derecho,   D
pues fin con este verso le estoy dando.   C

Ya estoy en el segundo, y aún sospecho   D
que estoy los trece versos acabando.   C
Contad si son catorce y está hecho.   D




Manuel Machado compara las edades del hombre con un soneto:

ALFA Y OMEGA

Cabe la vida entera en un soneto
empezado con lánguido descuido,
y, apenas iniciado, ha transcurrido
la infancia, imagen del primer cuarteto.

Llega la juventud con el secreto
de la vida, que pasa inadvertido,
y que se va también, que ya se ha ido,
antes de entrar en el primer terceto.

Maduros, a mirar a ayer tornamos
añorantes y, ansiosos, a mañana,
y así el primer terceto malgastamos.

Y cuando en el terceto último entramos,
es para ver con experiencia vana
que se acaba el soneto... Y que nos vamos.

También Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575) juega con los cuartetos y tercetos:

Pedís, Reina, un soneto, y os le hago:
ya el primer verso y el segundo es hecho;
si el tercero me sale de provecho,
con otro más en un cuarteto acabo.

El quinto alcanzo: ¡España! ¡Santiago,
cierra! Y entro en el sexto: ¡Sus, buen pecho!
Si del séptimo libro, gran derecho
tengo a salir con vida deste trago.

Ya tenemos a un cabo los cuartetos:
¿Qué me decís, señora? ¿No ando bravo?
Mas sabe Dios si temo los tercetos.

¡Ay! Si con bien este segundo acabo,
¡nunca en toda mi vida más sonetos!
Mas deste, gloria a Dios, ya he visto el cabo.


SONETO AL SONETO

Julio Munizaga Ossandon (1888-1924)

Flor de mirto te llaman, ioh!, regio estuche de oro
que has guardado la gema de tantos pensamientos.
Yo aprisioné en tus torres de ilusión mi tesoro
de armonías que huyeron hacia todos los vientos.

Mis errantes quimeras sintonizan el coro
en las catorce pautas de tus catorce acentos,
y en ti puso el milagro de mi ensueño sonoro
parnasianas bellezas y dolidos tormentos.

Jardín de lirios líricos y heráldicos laureles,
sobre el plinto de oro que escudan tus doseles,
se plasman el Amor, el Dolor y el Hastío.

A tu carro se ayuntan tus catorce corceles,
y como abejas áticas te ungieron con sus mieles
Heredia, Baudelaire, Walt Whitman y Darío.

SONETO DEL AMOR BIEN MEDIDO

Cristina Núñez Pereira

Perfecta entre tus senos la cesura,
consonante la rima en tu cadera.
(Sin ti; yo, cabo roto, estrofa huera.)
Ni un solo ripio afea tu cintura,

ni una sílaba falta en tu hermosura;
tu ritmo alejandrino me acelera,
y ni en el hemistiquio se modera
mi amor que tras tus besos se apresura.

Mi más sonoro verso queda mudo
por ti. Por ti me vuelvo pareado,
por ti yo me encadeno en un terceto,

por ti yo me encabalgo y me desnudo;
ante el tuyo, mi pie queda quebrado…
y al fin, sólo por ti, soy un soneto.


EL CIPRÉS DE SILOS

Gerardo Diego

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño, 
flecha de fe, saeta de esperanza. 
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza, 
peregrina al azar, mi alma sin dueño. 

Cuando te vi señero, dulce, firme, 
qué ansiedades sentí de diluirme 
y ascender como tú, vuelto en cristales, 

como tú, negra torre de arduos filos, 
ejemplo de delirios verticales, 
mudo ciprés en el fervor de Silos.

LAS TRES HIJAS DEL CAPITÁN

José del Río Sáinz

Era muy viejo el capitán y viudo
y tres hijas guapísimas tenía;
tres silbatos, a modo de saludo,
les mandaba el vapor cuando salía.

Desde el balcón que sobre el muelle daba
trazaban sus pañuelos mil adioses,
y el viejo capitán disimulaba 
su emoción entre gritos y entre toses.

El capitán murió... tierra extranjera
cayó sobre su carne aventurera, 
festín de las voraces sabandijas...

Y yo sentí un amargo desconsuelo
al pensar que ya nunca las tres hijas
nos dirían adiós con el pañuelo...


Quevedo se lamenta de la decadencia en que se encuentra España:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa; vi que, amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte;

vencida de la edad sentí mi espada.
Y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Quevedo ridiculiza la nariz de Góngora:

A UNA NARIZ

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto;
las doce tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.



Lope de Vega habla con Jesús:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:
«Alma asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!»

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos» respondía,
para lo mismo responder mañana!

Anónimo del S. XVI dedicado a Jesús:

No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en esa cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.


Ramón de Campoamor canta el amor de los padres por los hijos:

LOS HIJOS Y LOS PADRES

Ni arrastrada un pastor llevar podía 
a una cabra infeliz que oía amante 
balar detrás al hijo, que, inconstante, 
marchar junto a la madre no quería. 

"¡Necio!", al pastor un sabio le decía, 
"al que llevas detrás, ponle delante; 
échate el hijo al hombro, y al instante 
la madre verás ir tras de la cría". 

Tal consejo el pastor creyó sencillo,
cogió la cría y se marchó corriendo
llevando el animal sobre el hatillo.

La cabra sin ramal los fue siguiendo, 
mas siguiendo tan cerca al cabritillo, 
que los pies por detrás le iba lamiendo.

Tomás de Iriarte pide tres cosas:

MIS DESEOS

Si Dios omnipotente me mandara
de sus deseos tomar el que quisiera,
ni el oro ni la plata le pidiera,
ni imperios ni coronas deseara.

Si un sublime talento me bastara
para vivir feliz, yo le eligiera;
mas, ¡cuántos sabios referir pudiera
a quien su misma ciencia costó cara!

Yo sólo pido al Todopoderoso
propicios me conceda estos tres dones,
con que vivir en paz y ser dichoso:

un fiel amigo en todas ocasiones,
un corazón sencillo y generoso
y juicio que dirija mis acciones.


CÁNTICO DOLOROSO AL CUBO DE LA BASURA

Rafael Morales

Tu curva humilde, forma silenciosa,
le pone un triste anillo a la basura.
En ti se hizo redonda la ternura,
se hizo redonda suave y dolorosa.

Cada cosa que encierras, cada cosa
tuvo esplendor, acaso hasta hermosura.
Aquí de una naranja se aventura
la herida piel que en el olvido posa.

Aquí de una manzana verde y fría
un resto llora zumo delicado
entre un polvo que nubla su agonía.

Oh, viejo cubo sucio y resignado,
desde tu corazón la pena envía
el llanto de lo humilde y lo olvidado.

QUIERO HACER UN SONETO

Francisco Briz Hidalgo

Yo siempre he querido hacer un soneto,
aunque se requiere mucha paciencia
y, por supuesto, bastante experiencia
para llegar al segundo cuarteto.

Con gran consideración y respeto,
pero con limitada inteligencia,
lucharé para desvelar la esencia
que se esconde en este difícil reto.

Aunque comienza a cansarse mi mente
y me veo cada vez más vacilante,
no quiero que de mí diga la gente

que no soy una persona constante,
continuaré adelante y, de repente,
se me acabó el soneto en este instante.


UN VELERO EN LA MESETA

José García Velázquez

Segovia, 8 de agosto de 2009

Por siglos en la roca se levanta,
con orgullo, el noble caserío:
alegre corre por el valle el río
y en su prisa a los hombres adelanta.

La esbelta Catedral la gloria canta
de Dios, haga calor o arrecie el frío;
sus campanas ahuyentan el hastío
y su torre del cielo no se espanta.

Es Segovia velero en una roca,
anclado para siempre así en Castilla,
de cuya nobleza vive enamorado;

quien busca la belleza no equivoca
su rumbo, si dirige aquí su quilla,
con vela por completo desplegada.

Fotografía cortesía de Modesto Herrera

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