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El huevo
de chocolate |
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RESUMEN DEL TRATADO SEGUNDO
En un lugar llamado Maqueda,
Lázaro entró al servicio de un clérigo que guardaba
la comida en un arca cerrada con llave y también lo mataba de hambre. Lázaro consiguió una copia de la llave
y por las noches tomaba un poco de comida y hacía creer al clérigo que había
ratones.
Una noche el clérigo se despertó sobresaltado porque oyó un silbido que parecía de una
serpiente y que, en realidad, provenía de la boca de Lázaro que dormía con la llave en la boca.
El clérigo se acercó a oscuras hasta donde estaba Lázaro y le dio un brutal
garrotazo que lo tuvo tres días en cama. Cuando Lázaro se recuperó, el clérigo lo
echó de su casa.
Llegué a un lugar que llaman Maqueda, donde me encontré con un clérigo que me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me enseñó el pecador del ciego y una de ellas fue ésta. Finalmente, el clérigo me tomó a su servicio.
| Escapé del trueno y di en el
relámpago, porque este era mucho peor que el ciego. No digo más, sino
que toda la miseria del mundo estaba encerrada en éste. Tenía un arcón de madera viejo y cerrado con llave, la cual llevaba con una cinta atada a la capa. Y cuando traía comida a casa la metía en el arca y la dejaba cerrada. Y en toda la casa no había ninguna cosa de comer como suele haber en otras: algún tocino colgado cerca de la lumbre, algún queso puesto en alguna tabla o en el armario, algún canastillo con algunos pedazos de pan que de la mesa sobran; que me parece a mí que, aunque de ello no me aprovechara, sólo con la vista me consolara. Solamente había una ristra de cebollas en una habitación de lo alto de la casa que también tenía cerrada con llave. Me daba una cebolla cada cuatro días y cuando le pedía la llave para ir por ella, si alguien estaba presente, echaba mano al bolsillo y con gran solemnidad la desataba y me la daba diciendo: - Toma y devuélvemela después y no comas más de la cuenta. Como si dentro de ella estuvieran todas las conservas de Valencia, con no haber en dicha habitación, como dije, otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo. Las cuales él tenía tan bien contadas, que si, por mi desgracia, comiera más de una ración, me costaría caro. Finalmente, yo me moría de hambre. |
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Pues ya que
conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Un poco de
carne era su ración diaria para comer y cenar. Verdad es que repartía
conmigo el caldo, que de la carne ¡nada!, sino un
poco de pan y ¡rogando a Dios que me alcanzara! |
(18) Los «maravedís», las «blancas» y las «medias blancas» son monedas de aquella época.
(19) Sacramento que el sacerdote aplica a los moribundos. |
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Pensé muchas veces dejar a aquel mezquino amo; mas por dos cosas no lo dejaba: la primera, por no fiarme de mis piernas, por temor de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra es que yo pensaba y decía: «Yo he tenido dos amos: el primero me traía muerto de hambre y dejándole, me encontré con este otro, que me tiene ya en la sepultura; pues si a este abandono y doy con otro peor, ¿qué será, sino fallecer?». Con esto no me atrevía a marcharme. |
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Pues estando con tales penas
un día que el ruin(20) de mi amo había
salido, llamó a la puerta un calderero(21),
el cual yo creo que fue un ángel que me envió Dios. Me preguntó si tenía algo que
arreglar y yo le dije: |
(20) Mezquino y avariento. (21) Vendedor ambulante de sartenes, calderos y otros instrumentos caseros de cobre o hierro.
(22) Se lo comió.
(23) San Juan era el patrón de los criados. |
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Y luego me vino
otro sobresalto, que fue verle quitando clavos de
las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró
todos los agujeros de la vieja arca. |
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Estando una
noche desvelado, pensando cómo podría aprovecharme del arca, sentí que mi amo dormía, porque
lo oí roncar. Me levanté sin hacer ruido y con un cuchillo viejo
que por allí andaba llegué al triste arca y por donde parecía
estar más débil le acometí
con el cuchillo a manera de barreno. Y como la
antiquísima arca, por ser tan vieja, estaba muy blanda y
carcomida, le hice en un costado un buen agujero. Hecho esto abrí muy
despacio el arca y del pan que
hallé partido, saqué algunas migajas. Y con aquello, un poco consolado,
cerré y volví a mi cama. |
| Pues, así como digo, metía cada
noche la llave en la boca y dormía sin miedo de que el brujo de mi
amo la encontrase. Mas quisieron mis pecados que una noche que
yo estaba durmiendo, la llave se colocó en mi boca de tal manera y
postura que el aire que yo echaba salía
por el hueco de la llave y silbaba de tal manera que mi amo creyó, sin duda,
que era el silbido de la culebra. Se levantó muy despacio con el garrote en la mano y llegó a mi
cama muy callado para no
ser sentido por la culebra. Y cuando estuvo cerca, pensó que allí
entre las pajas, donde yo estaba echado, al calor mío se había venido.
Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal
garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la
cabeza un golpe tan grande que sin ningún sentido y muy mal
descalabrado me dejó. Cuando sintió que me había dado y tentó la mucha sangre que se me iba, conoció el daño que me había hecho. Con mucha prisa fue a buscar una luz y llegando con ella, me halló quejándome, todavía con la mitad de la llave fuera de la boca. Se preguntó mi amo qué podría ser aquella llave, la sacó de mi boca y vio que era igual a la suya. Fue luego a probarla y con ella resolvió el misterio. Debió de decir el cruel cazador: «El ratón y la culebra que me daban guerra y comían mi comida he hallado». |
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A cabo de tres días yo
recobré el sentido y me vi echado en mi cama, la cabeza toda vendada y llena
de aceites y ungüentos y extrañado, dije: |
El huevo de chocolate |