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El huevo
de chocolate |
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RESUMEN DEL TRATADO SEGUNDO
En un lugar llamado Maqueda,
Lázaro entró al servicio de un clérigo que guardaba
la comida en un arca cerrada con llave y también lo mataba de hambre. Lázaro consiguió una copia de la llave
y por las noches tomaba un poco de comida y hacía creer al clérigo que había
ratones.
Una noche el clérigo se despertó sobresaltado porque oyó un silbido que parecía de una
serpiente y que, en realidad, provenía de la boca de Lázaro que dormía con la llave en la boca.
El clérigo se acercó a oscuras hasta donde estaba Lázaro y le dio un brutal
garrotazo que lo tuvo tres días en cama. Cuando Lázaro se recuperó, el clérigo lo
echó de su casa.
Llegué a un lugar que llaman Maqueda, donde me encontré con un clérigo que me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad que, aunque maltratado, mil cosas buenas me enseñó el pecador del ciego y una de ellas fue ésta. Finalmente, el clérigo me tomó a su servicio.
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Escapé del trueno y di en el
relámpago, porque este era mucho peor que el ciego. No digo más, sino
que toda la miseria del mundo estaba encerrada en éste. |
(20) En aquella época las conservas de Valencia gozaban de mucha fama. |
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Pues ya que
conmigo tenía poca caridad, consigo usaba más. Un poco de
carne era su ración diaria para comer y cenar. Verdad es que repartía
conmigo el caldo, que de la carne ¡nada!, sino un
poco de pan y ¡rogando a Dios que me alcanzara! |
(21) Los «maravedís», las «blancas» y las «medias blancas» son monedas de aquella época.
(22) Sacramento que el sacerdote aplica a los moribundos. |
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Pensé muchas veces dejar a aquel mezquino amo. Mas por dos cosas no lo dejaba: la primera, por no fiarme de mis piernas, por temor de la flaqueza que de pura hambre me venía y la otra es que yo pensaba y decía: «Yo he tenido dos amos: el primero me traía muerto de hambre y dejándole, me encontré con este otro que me tiene ya en la sepultura. Si a este abandono y doy con otro peor, ¿qué será, sino fallecer?». Con esto no me atrevía a marcharme. |
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Pues estando con tales penas
un día que el ruin(23) de mi amo había
salido, llamó a la puerta un calderero(24),
el cual yo creo que fue un ángel que me envió Dios. Me preguntó si tenía algo que
arreglar y yo le dije: |
(23) Mezquino y avariento. (24) Vendedor ambulante de sartenes, calderos y otros instrumentos caseros de cobre o hierro.
(25) Se lo comió.
(26) San Juan era el patrón de los criados. |
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Cuando salió fuera de casa yo, por consolarme,
abrí el arca y comencé a adorar los panes, no osando tocarlos. Los conté,
por si acaso el clérigo se había equivocado y hallé su cuenta más verdadera
de lo que yo quisiera. Lo más
que pude hacer fue dar en ellos mil besos y lo más delicado que yo
pude. Del que estaba empezado tomé un poco y con eso pasé aquel día, no tan alegre como el
anterior. |
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Y luego me vino
otro sobresalto, que fue verle quitando clavos de
las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró
todos los agujeros de la vieja arca. |
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Estando una
noche desvelado, pensando cómo podría aprovecharme del arca, sentí que mi amo dormía, porque
lo oí roncar. Me levanté sin hacer ruido y con un cuchillo viejo
que por allí andaba llegué al triste arca y por donde parecía
estar más débil le acometí
con el cuchillo a manera de barreno. Y como la
antiquísima arca, por ser tan vieja, estaba muy blanda y
carcomida, le hice en un costado un buen agujero. Hecho esto abrí muy
despacio el arca y del pan que
hallé partido, saqué algunas migajas. Y con aquello, un poco consolado,
cerré y volví a mi cama. |
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Pues, así como digo, metía cada
noche la llave en la boca y dormía sin miedo a que el brujo de mi
amo la encontrase. Mas quisieron mis pecados que una noche que
yo estaba durmiendo, la llave se colocó en mi boca de tal manera y
postura que el aire que yo echaba salía
por el hueco de la llave y silbaba de tal manera que mi amo creyó, sin duda,
que era el silbido de la culebra. Se levantó muy despacio con el garrote en la mano y llegó a mi
cama muy callado para no
ser sentido por la culebra. Y cuando estuvo cerca, pensó que allí
entre las pajas, donde yo estaba echado, al calor mío se había venido.
Levantando bien el palo, pensando tenerla debajo y darle tal
garrotazo que la matase, con toda su fuerza me descargó en la
cabeza un golpe tan grande que sin ningún sentido y muy mal
descalabrado me dejó. |
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A cabo de tres días yo
recobré el sentido y me vi echado en mi cama, la cabeza toda vendada y llena
de aceites y ungüentos y extrañado, dije: |
El huevo de chocolate |