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El huevo
de chocolate |
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RESUMEN DEL TRATADO TERCERO
Lázaro llegó a Toledo donde, durante unos días, vivió de limosnas. Un pobre escudero lo tomó a su servicio. Lázaro tuvo que continuar mendigando comida que luego compartía con su amo. El alcalde prohibió pedir limosna en la calle y sus vecinas les ayudaron a mantenerse. Cuando los dueños de la casa fueron a cobrar el alquiler el escudero desapareció. Lázaro se quedó una vez más sin amo.
Me vi obligado a sacar fuerzas
de flaqueza y poco a poco, con ayuda de las buenas gentes, llegué a Toledo
donde, con la gracia de Dios, en quince días se me cerró la herida. Y
mientras estaba enfermo, siempre me daban alguna limosna; pero cuando sané,
todos me decían:
- Tú eres mendigo y vago. Busca un buen amo a quien servir.
«¿Y dónde encontraré uno -decía yo para mí-, si Dios cuando hizo
el mundo, no lo creó?»
Andando así, pidiendo de puerta en puerta, quiso Dios que me encontrara con un escudero que
iba por la calle, bien vestido, bien peinado y de muy buena presencia. Me
miró y yo a él y me dijo:
- Muchacho, ¿buscas amo?
Yo le dije:
- Sí, señor.
- Pues vente tras mí -me respondió- que Dios te ha hecho merced en
encontrarte
conmigo. Alguna buena oración rezaste hoy.
Y le seguí, dando gracias a Dios por lo que le oí y también porque me
parecía, por su aspecto, ser el amo que yo necesitaba.
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Era por la mañana cuando encontré
mi tercer amo y me llevó tras sí gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendían pan y otras provisiones. Yo pensaba y deseaba que allí compraríamos lo necesario para comer pero mi nuevo amo no se detenía a comprar.
«Por ventura no lo ve aquí a su contento -decía yo- y
querrá que lo compremos en otro sitio». |
(27) oscura, tenebrosa. |
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Cuando entramos se quitó la capa y preguntándome si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos y, muy limpiamente, soplando un poyo(28) que allí estaba, la puso en él. Y hecho esto, se sentó al lado de ella, preguntándome con mucho detalle de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad. Y a mí me parecía más conveniente hora de poner la mesa y comer que contestarle lo que me preguntaba.
A pesar de todo yo le conté de mí lo mejor que mentir supe, diciendo mis
cosas buenas y callando lo demás, porque me parecía que no venía a cuento. Esto hecho, yo vi mala señal porque
eran casi las dos y todavía no habíamos comido. En la casa todo lo que yo había visto eran paredes.
No había silleta(29), ni tajo(30), ni banco, ni mesa, ni un arcón como el del clérigo. |
(28) Banco de piedra u otro material que generalmente se fabrica arrimado a la pared en la entrada de las casas. (29) Silla para sentarse. (30) Trozo de madera grueso apoyado sobre tres pies que se utilizaba en las tareas de la cocina.
(31) De los conseguidos pidiendo por Dios. De ahí viene la palabra pordiosero.
(32) Habitación. (33) Con la boca gastada o mellada. (34) Pena, aflicción. |
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Así estuvimos
hasta la noche, hablando sobre las cosas que me preguntaba, a
las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo
me metió en la cámara
donde estaba el jarro del que bebimos y me dijo: |
(35) Tejido grueso de esparto, juncos, cañas, palma, etc., que sirve para cubrir el suelo de las habitaciones y para otros usos. (36) Mucha distancia.
(37) Prenda de vestir que cubría desde los pies a la cintura. (38) Chaquetilla que se ponía sobre la camisa. |
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Por la mañana nos levantamos y
comenzó a limpiar y sacudir sus calzas y jubón y sayo(39)
y capa. Después se vistió muy despacio, se peinó, puso su espada en el
talabarte(40)
y, al tiempo que la ponía, me dijo: |
(39)
Prenda de vestir holgada y sin botones que cubría el cuerpo
hasta la rodilla. |
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«¡Bendito sea el Señor!
-quedé yo diciendo- con lo contento y gallardo que va mi amo nadie
pensaría que ayer en todo el día sólo comió un mendrugo
de pan que le dio su criado Lázaro. Nadie lo sospecharía ¡Oh Señor! y
cuántos debe haber en el mundo como mi amo padeciendo por eso que
llaman honra». |
(46) Trovador gallego del Siglo XIV famoso por sus amoríos. Se dice que lo mató el marido de una de sus amantes. (47) Escritor romano autor de «El arte de amar».
(48) Invitación.
(49) Condimentada.
(50) Salsa compuesta de aceite, ajos, queso y otras cosas. (51) Lázaro pensó que el hambre es la mejor salsa. |
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De esta manera estuvimos
ocho o diez días, saliendo mi amo cada mañana con ese andar digno y
ceremonioso a pasear por las calles y comiendo los dos de lo que yo
conseguía. |
(52) Como no había
cuartos de baño en las casas la gente hacía sus necesidades en la
cuadra o en el desván. |
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Quiso mi mala fortuna que
se acabase aquella forma de vida. La mala cosecha de ese año hizo que
el Ayuntamiento acordara expulsar a todos los pobres de la ciudad. A los
cuatro días vi llegar una gran cantidad de pobres que iban azotando por las Cuatro Calles(56).
Me dio tanto miedo que no me atreví a mendigar más. |
(56) Cruce de calles de Toledo situado entre la Catedral y Zocodover. |
| Un día, no sé cómo, mi amo
llegó a casa con un real(57),
tan satisfecho como si tuviera el tesoro de Venecia(58) y con gesto muy alegre y risueño me lo dio, diciendo: - Toma, Lázaro, ve a la plaza y compra pan, vino y carne. Y otra cosa te diré para que disfrutes: he alquilado otra casa y de ésta saldremos a fin de mes. ¡Maldita sea esta casa y el que en ella puso la primera teja, que con mal pie en ella entré! Por nuestro Señor, desde que vivo aquí no he bebido una gota de vino ni comido un bocado de carne ni he tenido descanso ninguno. Ve y vuelve rápido y comamos hoy como condes. Tomé el real y el jarro y me dirigí hacia la plaza, muy contento y alegre. Pero mi triste fortuna hace que ningún gozo me venga sin inquietud. Y así fue también esta vez porque subiendo la calle, pensando en qué iba a emplear el dinero para gastarlo lo mejor posible, dando infinitas gracias a Dios porque mi amo había conseguido algo de dinero, me encontré con un entierro que venía calle abajo. Me arrimé a la pared para dejarlo pasar y vi entre las gentes a una mujer de luto que debía ser la mujer del difunto que iba llorando y diciendo con grandes voces: - Marido y señor mío, ¿dónde os llevan? ¡A la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y oscura, a la casa donde nunca comen ni beben! Yo, cuando aquello oí, se me juntó el cielo con la tierra y pensé: «¡Oh desdichado de mí, para mi casa llevan este muerto!». Dejé el camino que llevaba y atravesando por medio de la gente volví calle abajo corriendo para mi casa lo más que pude. Y entrando en ella, cerré deprisa, invocando el auxilio y el favor de mi amo, abrazándome a él, para que me ayudara a defender la entrada. Mi amo, algo alterado, pensando que pasaba algo, me dijo: - ¿Qué es eso, mozo? ¿Qué voces das? ¿Qué tienes? ¿Por qué cierras la puerta con tanta furia? - ¡Oh señor -dije yo-, venga aquí, que nos traen un muerto! - ¿Cómo es eso? -respondió él. - Allí arriba lo encontré y venía diciendo su mujer: «Marido y señor mío, ¿dónde os llevan? ¡A la casa lóbrega y oscura, a la casa triste y desdichada, a la casa donde nunca comen ni beben!». Acá, señor, nos lo traen. Y cuando mi amo oyó esto, aunque no tenía por qué estar muy alegre, rió tanto que gran rato estuvo sin poder hablar. Yo tenía ya asegurada la puerta y arrimado el hombro contra ella para que nadie pudiera abrirla. Pasó la gente con el muerto y yo todavía temía que nos le metieran en casa. Y cuando el bueno de mi amo se hartó de reír me dijo: - Verdad es, Lázaro, que según lo que la viuda va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste. Pero puesto que Dios nos ayuda y siguen adelante, abre y vete a comprar para que podamos comer. - Déjalos, señor, que acaben de pasar la calle -dije yo. Por fin abrió mi amo la puerta y obligándome a salir me encaminó otra vez al mercado. Y aunque comimos bien aquel día, yo comí con tan pocas ganas que ni en tres días recuperé el color de la cara. Y mi amo se reía cada vez que se acordaba de aquello. |
(57) Moneda de plata que equivalía a 34 maravedís. (58) Se emplea como sinónimo de riqueza. |
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De esta manera estuve con
mi tercer y pobre amo, que fue este escudero, algunos días. Yo deseaba
saber por qué vino a esta tierra. Se notaba que era extranjero por el
poco conocimiento y trato que con los vecinos de Toledo tenía. Al fin
se cumplió mi deseo porque, un día que habíamos comido razonablemente
y estaba algo contento, me dijo que era de Castilla la Vieja y que
había dejado su tierra por no quitarse el sombrero ante un caballero
que era su vecino. |
(59) Es decir que si las casas las tuviera en Valladolid sería rico. (60) Los palomares eran un buen negocio en aquella época pero el del escudero está derribado. |
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Cuando estábamos hablando, entraron
por la puerta un hombre y una vieja. El hombre pidió a mi amo
que le pagara el alquiler de la casa y la vieja el de la cama.
Hicieron cuentas y creo que sumaron doce o trece reales. Mi amo
les dio muy buena respuesta: que saldría a la plaza a cambiar
una pieza de a dos(61) y que volviesen
por la tarde. Pero su salida fue sin vuelta. |
(61) Moneda de oro castellana de la Edad Media de gran valor.
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El huevo de chocolate |