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CUENTOS DE IRENE MARIÑAS

EL PRÍNCIPE CARIÑITO ACARAMELADO

Irene Mariñas

Existe un reino que aún vive bajo las nefastas consecuencias de una promesa hecha hace ya casi cinco siglos.
Hace cientos de años era un reino que vivía en paz, los agricultores labraban sus tierras mientras silbaban alegres canciones, el herrero estaba satisfecho de cada pieza que salía de su fragua y las miraba con autentica devoción, el pan que se horneaba en aquel pueblo era de los mejores de la contornada y los niños jugaban felices en las calles. En palacio la familia real vivía tranquilamente, la reina y el rey salían a pasear a caballo casi todas las mañanas por los campos y por el pueblo. Saludaban con la mano a sus súbditos que les devolvían el saludo con cariño.
Los reyes vivían felices pues en su reino no había pobreza y además no tenían que temer a los posibles invasores pues el mago de la corte era muy poderoso y cuando presentía que soldados con ganas de guerrear se acercaban, cubría el reino con un manto de bosque verde y lo hacía desaparecer, de esta forma los soldados pasaban de largo sin darse cuenta.
Esto no quiere decir que en el pueblo no hubiese perros que perseguían gatos, ladronzuelos que robaban manzanas y zapatos, a la que se descuidaba el tendero, o niños maliciosos que tiraban piedras a las ranitas de la charca, incluso en la escuela había una maestra que cuando se enfadaba mucho y los niños no se sabían la lección les decía que eran unos tontainas y unos borricos. Pero todos vivían felices en aquel mundo pequeño sin contratiempos.
Cuando un rey se moría le sustituía su hijo mayor. Así que, cuando el rey Rigoberto murió, su hijo Martín heredó la corona y el reino.
Ni la corte, ni el pueblo, ni la propia madre del príncipe, que era la reina Gertrudis, estaban muy contentos con el nuevo soberano, pues Martín había demostrado desde pequeño ser bastante avaricioso y no tener muy buen carácter. Pero esa era la tradición y nadie se atrevió a cambiarla.
El nuevo rey se aburría soberanamente, en aquel país nunca sucedía nada interesante, no tenía nada que hacer. No le gustaba pasearse por entre las gentes del pueblo, montado a caballo, no le gustaba jugar al ajedrez, no le gustaba hacer girar la peonza, saltar en los charcos los días de lluvia, correr con los enormes perros de palacio por los prados, tampoco contemplar la naturaleza. En definitiva, que no disfrutaba con ninguno de los entretenimientos que tan felices habían hecho a los otros monarcas.
Martin quería recorrer mundo y así lo hizo, se fue a hacer un largo viaje. Visitó muchísimos reinos, conoció un montón de palacios, fue recibido en todos ellos con el mayor lujo y honores, pero como nunca se paseó por los pueblos no pudo ver que mientras que a él le ofrecían vino en copas de oro y manjares fantásticos, las gentes del pueblo no tenían para darles de comer a sus hijos y subsistían realmente en la miseria.
Regresó a su reino deslumbrado por lo bien que vivían en otros castillos, deslumbrado por todas las riquezas de las que había estado rodeado durante sus visitas y pronto comenzó a protestar pues para él todo lo que le rodeaba era mediocre. Los muebles le parecían viejos y carcomidos, los cubiertos y vajillas demasiado vulgares, los caballos demasiado toscos, así que pidió que trajeran yeguas árabes, pura sangre, como los del reino del sur. También hizo quemar los muebles y cortinas y ordenó que hicieran muebles con madera de ébano, cortinas de terciopelo ribeteadas con hilo de oro y alfombras de lana persa. Cuando sus criados y su madre le dijeron que todo aquello sería demasiado caro y además innecesario, se limitó a decir que cogieran las monedas de oro necesarias de las arcas reales y que además mandasen construir un monumento de bronce, en su honor, en la plaza del pueblo.
Unos días más tarde se le antojaron trajes nuevos, tenían que ser de las mejores telas y adornados con piedras preciosas. No podía beber si no era en copas de oro fino con incrustaciones de zafiros y brillantes y en cualquier lugar que él posara sus ojos tenía que haber lujo y objetos carísimos. De esta forma, el dinero real se acabó pronto y cuando su contable se lo comunicó el rey le dijo que subiera los impuestos a sus súbditos, como hacían en todos los reinos que él había conocido y que si con eso no era suficiente requisara lo que hiciera falta.
Como el rey quería leche recién ordeñada siempre disponible, tuvieron que cogerle un par de vacas al ganadero, además en el castillo ya no quedaba dinero para comprar los manjares que deseaba, por lo que los faisanes, huevos de codorniz, vino y demás viandas eran robadas descaradamente a las gentes del pueblo que cada vez eran más pobres y estaban más enojados.
La madre del rey Martín, es decir, la reina madre, aún conservaba la vieja costumbre de pasear todas las mañanas por el pueblo, montada en su caballo percherón, pues ella no había aceptado la yegua pura sangre que su hijo le quiso regalar, las gentes ya no devolvían su saludo con sonrisas cariñosas, ahora todo eran protestas y la pobre reina sufría mucho al ver la miseria en que vivían. Así que un día se decidió y a pesar del miedo que le daba, fue a ver al mago del reino. Le expuso el problema y le preguntó si tendría una solución. Le dijo que sí, pero que tendría que pagar un alto precio, la reina contestó que estaba dispuesta a pagar lo que fuese.
- Bien, pues has de saber -dijo el Mago- que yo me llevaré a tu hijo en un saco y aunque te garantizo que no sufrirá ningún daño, no lo volverás a ver, además has de decir a las gentes del pueblo que aunque a partir de ese momento no les faltará de nada y podrán ser felices, yo seré el dueño de sus risas, no podrán reír ni hacer ningún tipo de celebración. Si lo hacen todo por lo que sean felices se volverá al revés.
- De acuerdo, acepto en mi nombre y en nombre de los súbditos de mi hijo, seguro que prefieren perder las risas a ver morir de hambre a sus hijos ¿pero quién reinará? - Tu segundo hijo, Amador, que de ahora en adelante se llamará Malaventura. Al igual que todos los futuros reyes de este país.
De esta forma Malaventura I fue el primero de una saga de reyes que gobernaron un reino sin pobreza, donde toda la gente tenía motivos de sobra para ser feliz, pero que no podían sonreír. Si un labriego recogía unas buenas manzanas y mirando una decía: «qué alegría, qué manzanas más buenas tengo este otoño» inmediatamente todas las frutas de los arboles caían podridas al suelo. Los caballitos de madera con los que jugaban los niños se convertían en serrín a la mínima risita, cuando alguien miraba el sol y daba las gracias por un día tan hermoso lo tenía que hacer con el semblante muy serio porque si no de repente se nublaba y caía un chaparrón, si por el contrario llovía y los agricultores estaban felices después de días de sequía, tenían que contenerse para no ponerse a dar saltitos de felicidad, si no desaparecían las nubes y no regresaban en mucho tiempo.
Ya nadie silbaba, ni cantaba. Los primeros besos de amor eran celebrados con profundas miradas, pero jamás con una sonrisa, pues todos los jóvenes y las mozas del pueblo conocían el caso de Rosaura y Federico que ya llevaban un tiempo de novios cuando él le pidió la mano y le dio un beso en los labios, entonces, Rosaura, tan feliz como estaba se olvidó de la maldición y le dijo que sí, que quería casarse con él, mientras esbozaba una gran sonrisa, en ese mismo instante, Federico se apartó bruscamente de ella y le dijo: «¿casarme yo contigo? Ni loco, pero si cuando te he besado me has rascado con ese enorme bigotazo que tienes» y tras decir esas palabras salió corriendo. La promesa hecha años atrás, por la reina Gertrudis, había castigado a la pobre enamorada.
El miedo a la maldición se trasmitía de padres a hijos y desde que los niños eran unos bebes se les prohibía reír, cantar y bailar. No les faltaba de nada, las cosechas eran abundantes, los pastos frescos para el ganado que crecía hermoso en los campos, el pan seguía siendo de los mejores horneados de la contornada, de la fragua del herrero salían piezas estupendas. En fin, que todos eran dichosos, aunque por sus caras serias y apagadas no lo pareciese.
El tiempo fue pasando y Malaventura I fue sustituido por Malaventura II y este a su vez por su hijo Malaventura III que al morir pasó la corona a Malaventura IV y ahora en estos tiempos reina Malaventura V.
Casi cinco siglos después de la misteriosa desaparición del rey Martín, aún perdura el efecto del conjuro que no permite ningún tipo de celebración ni demostración de alegría.

Pero tal vez esta historia pueda tener un final feliz con fiesta, música y baile. Pues resulta que el rey Malaventura V tiene una mujer bondadosa que sabe bordar muy bien, pero que además es muy inteligente y que cuando supo que iba a ser madre le dijo a su esposo: - Amado mio, no me gustaría tener que llamar a nuestro hijo Malaventura VI ¿qué te parece si por lo menos en la intimidad engañásemos al mago y nosotros lo llamásemos con apelativos cariñosos, como cielito, amorcito, cariñito…? Así sólo sería Malaventura VI para los extraños. Y además me gustaría que creciera libre, que nadie le explicase jamás nada sobre la maldición ni sobre la promesa de tu tatarabuela. Nosotros ya no nos atrevemos a contradecirla por temor a las consecuencias, pero quizás el mago murió hace mucho y con él desapareció el maleficio, ¿no crees?, amado mío, no pongas esa cara de susto, por favor, intentemos dar una oportunidad a nuestro hijo».
El rey aceptó, pues era incapaz de negarle nada a su esposa. De esta forma, el príncipe que tenía que ser Malaventura VI pasó a ser el bebé con más nombres empalagosos conocido, pues no solo sus padres le llamaban corazoncito, dulcecito, amorcito… también las niñeras y las criadas y el cocinero y el sastre real. Al cumplir el año, el primogénito era conocido como el príncipe caramelo.
Ahora que tiene cinco años y nada sabe de conjuros, maldiciones ni de la promesa de la reina Gertrudis, es un niño dicharachero, alegre y juguetón. Nada malo le ha sucedido y sus risas se empiezan a contagiar por palacio y de vez en cuando la reina, las niñeras y hasta el jardinero dejan asomar una leve sonrisa cuando lo ven jugar. Inmediatamente miran a su alrededor asustados esperando las nefastas consecuencias de su atrevida sonrisa, pero de momento nada ha pasado.
Tal vez, mientras tú lees esta historia en el reino del príncipe cariñito acaramelado, todos estén celebrando una gran fiesta.

© Irene Mariñas


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