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EL SEÑOR NICHTVERSTEHEN
Juan Valera
Con rico cargamento de vinos generosos, higos, pasas, almendras
y limones, en la estación de la vendeja llegó a Hamburgo, procedente de Málaga,
una goleta mercante española. El patrón, el piloto y el contramaestre sabían muy
bien su oficio o dígase el arte de navegar, pero de todas las demás cosas,
menester es confesarlo, sabían poco o nada: tenían muy gordas las letras, como
vulgarmente suele decirse. Por dicha, remediaba este mal y aun le trocaba en
bien, un malagueño muy listo que iba a bordo como secretario del patrón y que
apenas había ciencia ni arte que no supiese o en la
que por lo menos no estuviese iniciado, ni idioma que no entendiese, escribiese
y hablase con corrección y soltura.
Había en el puerto gran multitud de buques de todas clases y tamaños,
resplandeciendo entre ellos, llamando la atención y hasta excitando la
admiración y la envidia de los españoles, un enorme y hermosísimo navío,
construido con tal perfección, lujo y elegancia que era una maravilla.
Los españoles naturalmente tuvieron la curiosidad de saber quién era el dueño
del navío y encargaron al secretario que, sirviendo de intérprete, se lo
preguntase a alumnos alemanes que habían venido a bordo.
Lo preguntó el secretario y dijo luego a sus paisanos y camaradas:
- El buque es propiedad de un poderoso comerciante y naviero de esta ciudad en
que estamos, el cual se llama el Sr. Nichtverstehen.
- ¡Cuán feliz y cuán acaudalado ha de ser ese caballero! -dijo el patrón
envidiándole.
Saltaron luego en tierra y se dieron a pasear por las calles, contemplando y
celebrando la grandeza y el esplendor de los edificios.
A través de una reja preciosa de bronce dorado y en el centro de un parque lleno
de corpulentos y frondosos árboles, y cubierto el suelo de verde césped y de
lindas flores, vieron uno de los más suntuosos palacios que habían visto en su
vida. Encomendaron al secretario que preguntase quién era el amo del palacio y
en él vivía.
El secretario se dirigió a un transeúnte, le preguntó y volvió a sus amigos
diciéndoles:
- Quien habita en ese palacio y le posee es el mismo comerciante y naviero dueño
del buque: el Sr. Nichtverstehen.
Siguieron recorriendo las calles, muy distraídos en ver pasar muchedumbre de
pueblo, gran número de gente bien vestida, a pie, a caballo y en coche, y no
pocas gallardas mujeres, que les cautivaban la atención y aun los corazones.
Una, sobre todo, los dejó embelesados, porque era un prodigio de hermosura,
joven y rubia, y tan majestuosa como una emperatriz. Iba sentada en reluciente
landó abierto, del cual tiraban dos briosos caballos de la más pura sangre
inglesa.
Deslumbrados ante la pomposa aparición de aquella mujer, que les pareció más
divina que humana, ansiaron saber quién era. Fue el secretario a preguntarlo y
volvió diciendo:
- Es la mujer del comerciante y naviero, dueño del buque y del palacio: es la
señora de Nichtverstehen.
Aunque los españoles somos por lo común poco envidiosos y hasta magnánimos, no
se ha de negar que, en esta ocasión y harto fundado motivo había para ello, el
patrón, el piloto y los demás de la goleta se morían de envidia.
A fin de consolarse de no ser tan venturosos como el Sr. Nichtverstehen, tomaron
dos cochecitos de punto y se fueron a pasear por los floridos alrededores de
Hamburgo.
Durante este paseo en coche, crecieron la admiración y la envidia de todos. Y la
cosa no era para menos. Vieron una magnífica fábrica de tejidos. Preguntaron
quién era el fabricante capitalista, y supieron por el mismo conducto y medio
que era el Sr. Nichtverstehen.
Admiraron después una suntuosa quinta circundada de bosques y jardines, con
colosales invernáculos, donde había palmas gigantescas, helechos arborescentes,
naranjos, limoneros, higueras de la India, orquídeas y mil otras plantas de los
climas cálidos, y donde bramaban, gruñían y cantaban, en grandes jaulas,
multitud de fieras y de aves. Con asombro supieron que aquel regio y campestre
retiro era también propiedad del Sr. Nichtverstehen.
- Debe de ser un potentado -exclamaba el piloto.
- Lo que posee valdrá muchos millones de florines -añadía el patrón.
- ¡Quién fuera como el Sr. Nichtverstehen! -decían los demás en coro.
Haciendo estas exclamaciones volvieron a entrar en la ciudad, se apearon y
prosiguieron a pie su paseo formando grupo.
De pronto se llenó la calle de gente.
- ¿Qué será? -decían.
Era un entierro de mucho lujo.
El secretario, según tenía ya de costumbre, se dirigió a una persona de las que
vio más cerca para enterarse y saber a quién llevaban a enterrar.
Luego que se enteró, el secretario volvió a sus compañeros, y como era docto y
sentencioso y no sólo sabía alemán sino también latín, les dijo con mucha
gravedad:
- Sic transit gloria mundi. No hay que envidiar la opulencia, los
deleites y el regalo. De nada le han valido todos sus millones al Sr.
Nichtverstehen. Era tan mortal como el más miserable pordiosero. Ahí le tenéis
encerrado en ese féretro, y dentro de poco estará en el sepulcro y será pasto de
gusanos. |