|
El huevo
de chocolate |
|
Estás en > El huevo de chocolate > Cuentos para niños > Historietas Nacionales > El carbonero alcalde |
Pedro Antonio de Alarcón
(...)
Era el día 15 de abril de 1810. La villa de Lapeza ofrecía un espectáculo tan
risible como admirable, tan grotesco como imponente, tan ridículo como
aterrador. Hallábanse cortadas todas sus avenidas por una muralla de troncos de
encina y de otros árboles gigantescos, que la población en masa bajaba del monte
vecino, y con los que formaba pilas no muy fáciles de superar. Como la mayor
parte de aquel vecindario se compone de carboneros, y el resto de leñadores y
pastores, la operación indicada se llevaba a cabo con inteligencia y celeridad
verdaderamente asombrosas.
Aquel recio muro de madera formaba una especie de torre por el lado frontero al
camino de Guadix, y encima de esta torre habían colocado los lapezeños
(¡asómbrense ustedes!) cierto formidable cañón, fabricado por ellos mismos, y de
que ha quedado imperecedera memoria; el cual consistía en un colosal tronco de
encina ahuecado al fuego, ceñido con recias cuerdas y redoblados alambres, y
cargado hasta la boca con no sé cuántas libras de pólvora y una infinidad de
balas, piedras, pedazos de hierro viejo y otros proyectiles por el estilo...
Contábase además con todas las armas blancas y negras del pueblo y del monte,
resultando disponibles unas doce escopetas, más de veinte bocachas y trabucos,
un cuchillo, puñal o navaja por persona, tres o cuatro docenas de hachas de
hacer leña, algunos pistolones de chispas, inmensos montones de piedras de
respetable calibre, todas las hondas necesarias para hacerlas volar, y una
verdadera selva de garrotes y porras de variado gusto.
En cuanto a la guarnición, todos los coetáneos del hecho están de acuerdo en que
constaría de unos doscientos hombres, a quienes sólo se podía llamar así por
exceso de filantropía, pues más que hombres parecían orangutanes; entre los
cuales figuraba en primera línea, merece especial mención y dará exacta idea de
lo demás, el general de aquel ejército, el gobernador de aquella plaza, el
alcalde de Lapeza, Manuel Atienza, en fin, ¡que santa gloria haya!
Era la primera autoridad de la villa un mortal de cuarenta y cinco a cincuenta
años, alto como un ciprés, huesoso o nudoso (que ésta es la verdadera palabra)
como un fresno y fuerte como una encina; aunque, a decir verdad, su largo
ejercicio de carbonero habíale requemado y ennegrecido de tal modo que, de
parecer una encina, parecía una encina hecha carbón. Sus uñas eran pedernal; sus
dientes, de caoba; sus manos, de bronce pavonado por el sol; su cabello, por lo
revuelto y empajado, cáñamo sin agramar, y por la calidad y el color, el cerro
de un jabalí; su pecho, que la abierta camisa dejaba ver de hombro a hombro y
del cuello hasta el estómago inclusive, parecía cubierto de una piel de caballo
que se hubiese arrugado y endurecido a fuerza de estar sobre ascuas y,
efectivamente, el cerdoso vello que poblaba su saliente esternón hallábase
chamuscado, así como sus pobladas cejas... Y consistía esto en que el señor
alcalde era carbonero (o sea, ranchero de la sierra, según que ellos se llaman),
y había pasado toda su vida en medio de un incendio, como las ánimas del
Purgatorio.
(...)
Pero las obras de fortificación se hallan terminadas y el armamento distribuido
convenientemente.
Atienza ha mandado a Jacinto que vaya a su casa por un antiquísimo tambor, que
sirve para las procesiones, para los toros y para pregonar los bandos.
Jacinto -que, dicho sea entre paréntesis, era el alguacil, y de alguacil ha
muerto en el presente año de 1859-, acude ya tocando generala.
-¡A la formación! -grita el síndico, persona muy perita en el arte militar; como
que ha servido al señor rey don Carlos IV en clase de ranchero de una compañía
de cazadores...
Los doscientos lapezeños toman las armas y se forman en batalla enfrente del
Ayuntamiento.
Atienza empuña entonces una larga y negra espada antigua de ancha cazoleta y
extensos gavilanes; cuelga de su canana una pistola de arzón; coge con la mano
izquierda la vara de alcalde, ni más ni menos que haría con su bastón un
mariscal de Francia y, seguido de un brillante Estado Mayor, compuesto del
alguacil, del pregonero o peón público y del Infrascrito, que es como, muy ufana
y orgullosa, llama su mujer al fiel de fechos, pasa revista a sus formidables
huestes, que le presentan armas o tiran por alto monteras y sombreros.
-¡Viva el señor alcalde! -gritan o ladran aquellos futuros héroes.
A lo que Atienza replica:
-¡Qué alcalde ni qué cuerno! ¡Viva Dios! ¡Viva Lapeza! ¡Viva la independencia
española!
Y, una vez cambiado este saludo de guerra, su merced ordena a Jacinto que toque
un largo redoble; llama a su lado al pregonero y, por boca de éste, que repite
una a una y hasta media a media las palabras del caudillo, pronuncia la
siguiente proclama, no escrita:
«Por-noticias-del tío Piorno-se ha sabido-que-el enemigo de la patria-viene hoy
a Lapeza-a conquistarnos-y robarnos los bienes;-y nosotros-con la bendición del
señor cura,-y el auxilio-de nuestra santa patrona-la Virgen del Rosario,-vamos-a
defendernos-como buenos españoles-y a mostrar-a la ciudad de Guadix,-que-si
ella-se ha entregado al francés,-los-vecinos de Lapeza-saben morir,-como
murieron-los vecinos de Madrid-el día Dos de Mayo,-o-vencer,-como vencieron-los
vecinos de Bailén -hace dos años;-y, en su virtud,-el alcalde-hace saber-a estos
vecinos-que- el que no perezca-en el presente día-defendiendo su casa,-será
declarado- mal español-y traidor a la patria,-y morirá,-como
corresponde,-colgado de una encina de la sierra.-Y para que conste,-no sabiendo
firmar,-lo hace su merced-con la cruz que acostumbra,-de que certifica-el
infrascrito.-¡Viva Dios!-¡Viva la Virgen!-¡Viva España!-¡Viva Fernando VII!-¡Muera
Pepe Botellas!-¡Mueran los franceses!-¡Muera Godinot!-¡Mueran los traidores!»
Esta mezcla de proclama guerrera y de actuación judicial produjo extraordinario
efecto en los lapezeños.
Manuel Atienza hizo la cruz con los dedos, y la besó al llegar a lo de la firma;
el secretario certificó con un movimiento de cabeza; el pregonero cumplimentó al
alcalde por lo bien que había improvisado su discurso; Jacinto tocó otro redoble
de tambor, y los vivas, los bailes y los himnos patrióticos dieron fin a aquella
cómica loa de una verdadera tragedia.
-Cada uno a su puesto -exclamó entonces el síndico.
Y unos coronaron la fortaleza de madera; otros se montaron en el cañón,
provistos de una larga mecha; los gañanes más diestros en el manejo de la honda
subieron a la alcazaba morisca; los tiradores o escopeteros salieron de
descubierta al camino de Guadix, y el alcalde se colocó en un punto que dominaba
todo el futuro campo de batalla, teniendo a su lado a Jacinto, a fin de que con
un redoble de tambor diese la señal de fuego.
Entretanto, el cura bendecía y absolvía una vez más a sus animosos feligreses, y
se dedicaba, con el albéitar, el sacristán y el sepulturero a preparar vendajes,
el Santo Óleo y unas angarillas para el socorro de heridos y muertos.
Casi todas las mujeres rezaban en la iglesia; y en cuanto a los niños, habíase
dispuesto aquella mañana mandarlos todos a lo alto de Sierra Nevada, a fin de
que sus vidas no corriesen peligro, y pudieran servir, andando los años, para.
rechazar otra invasión extranjera.
Las tres de la tarde serían cuando una nube de polvo indicó a los lapezeños la
proximidad del enemigo. Algunos tiros de las primeras avanzadas corroboraron
poco después aquella indicación.
Los lapezeños saltaron de entusiasmo, y al mismo tiempo por disposición final
del señor alcalde, izáronse en la antigua fortaleza de los moros, y en el
parapeto de encima, dos o tres banderas hechas con pañuelos negros.
Las campanas tocaron a rebato; muchas viejas empezaron a gritar, y los mozos a
lanzar silbidos; algunas piedras zumbaron en el espacio, y los escopetazos del
camino oyéronse más frecuentes y más próximos.
Un momento después los tiradores se replegaron hacia la villa, cargando
nuevamente sus armas, y los primeros cascos, corazas y bayonetas del ejército
invasor relucieron al alcance de los trabucos.
-¿Cuántos vienen? -preguntó Manuel Atienza a uno de los que más habían avanzado.
-Vendrán doscientos -respondió éste.
-Somos fuerzas iguales -exclamó el carbonero con desdeñosa arrogancia, sin
considerar que doscientos rústicos mal armados no significan lo que doscientos
veteranos avezados a las lides y acometiendo con excelentes armas.
-Pero traen caballería... -añadió un segundo escopetero.
-Repito que somos fuerzas iguales -volvió a decir Manuel Atienza-. A ver,
Jacinto, que suene ese tambor... ¡España y a ellos! ¡Viva la Virgen!
Jacinto dio la señal ansiada, y una nube de piedras y de balas, cayendo sobre
los franceses, les obligó a hacer alto.
Un momento después contestaron éstos con una nutrida descarga, que dejó fuera de
combate cinco lapezeños.
-¡Alto el fuego! -gritó entonces el alcalde-. Están todavía muy lejos y tenemos
poca pólvora. Dejémosles acercarse... Ya sabéis que el cañón se reserva para lo
último, y que hasta que yo tire el sombrero no se le arrima la mecha. Ustedes,
señores, a ver si se callan y cuidan de los heridos.
-¡Ya se acercan otra vez!
-¡Nada!... ¡Todo el mundo quieto!
-¡Ya apuntan!...
-¡Todo el mundo a tierra!
Una segunda descarga vino a estrellarse en los troncos de encina, y los
franceses avanzaron hasta hallarse a unos veinte pasos del ejército sitiado.
Los peones se replegaron a los dos lados del camino, dejando paso a la
caballería.
-¡Fuego! -exclamó entonces el alcalde con una voz igual a la de la pólvora,
mientras que arrojaba el sombrero por alto y se plantaba en medio del mayor
peligro.
Allí fue lo horrible. Allí fue lo inenarrable.
Franceses y españoles dispararon sus armas a un mismo tiempo, sembrando la
tierra de cadáveres: la caballería aprovechó este momento para llegar al pie de
la muralla, presumiendo sin duda poderla saltar con sus impetuosos bridones:
centenares de piedras derrumbaron a caballos y jinetes: éstos empezaron, por su
parte, a degollar a mansalva, y en aquel supremo tumulto, en medio de aquel
estrago, de aquel torbellino, de aquella confusión, he aquí que estalla, por
último, el tremendo cañonazo, produciendo un estampido fragoroso y llevando la
muerte a sitiados y sitiadores.
Y era que el cañón había reventado al tiempo de disparar; era que la encina,
hecha pedazos, vomitaba la metralla en todas direcciones, lo mismo hacia atrás
que hacia adelante y por los costados, revuelta con mil fragmentos de madera que
silbaban al hender el aire; era que la expansión de tanta pólvora inflamada
había hecho rodar los troncos en que se apoyaba el cañón, y estos troncos
aplastaron a españoles y franceses. Fue aquello, pues, un caos de humo, de
polvo, de rugidos, de lamentos, de relinchos, de llamas, de sangre; de cadáveres
deshechos, cuyos miembros volaban todavía o volvían a la tierra entre balas,
piedras y otros proyectiles; de caballos sueltos que huían coceando; de palos de
ciego dados sobre amigos y enemigos por los lapezeños que aún seguían en pie, y
de puñaladas, pistoletazos y pedradas, que venían de abajo, de arriba, [21] de
todas partes, como si hubiese llegado el fin del mundo.
Y en esta tempestad, en este infierno, percibíanse juntos el toque de retirada
de la corneta francesa y el redoble del tambor lapezeño tocando a generala, en
tanto que la voz del formidable carbonero, del invencible alcalde, del
invulnerable Atienza, sobresalía entre el común estruendo, gritando
desaforadamente:
-¡Duro en ellos, muchachos! ¡Hasta que no quede uno! ¡Ya deben de quedar pocos!
Y era verdad, pero también era cierto que quedaban menos españoles. El cañón de
encina había hecho más destrozos entre los lapezeños que entre los franceses.
Sin embargo, como estos últimos ignoraban los medios de defensa que aún podían
tener reservados aquellos demonios; como tampoco sabían su número, y como todo
lo temían ya de ellos, pensaron en salvarse a toda prisa; y, desordenados,
dispersos, atropellando la caballería a la infantería, y desoyendo los soldados
las voces de sus jefes, emprendieron una retirada muy semejante a una fuga,
perseguidos por los gañanes, que aún tenían a su disposición tres leguas
cubiertas de proyectiles para sus hondas, y por algunos escopeteros a quienes
quedaban cartuchos.
Apedreados, pues, fusilados, ennegrecidos por la pólvora, cubiertos de sangre,
sudor y polvo, y habiendo dejado cien hombres en Lapeza y en el camino, entraron
en Guadix, a las ocho de la noche, los vencedores de Egipto, Italia y Alemania,
vencidos aquel día por una fuerza inferior de pastores y carboneros.
El sangriento drama que acabamos de referir no podía menos de tener un tremendo
epílogo.
Imagínense nuestros lectores la sorpresa y la ira del general Godinot al saber
lo acontecido en Lapeza.
-¡No dejaré en ella piedra sobre piedra! -exclamó el vengativo galo...
Y cuatro días después salían con dirección a la villa gobernada por Atienza dos
mil cuatrocientos hombres de todas armas, al mando de un oficial general, y con
tantos víveres y municiones como si se tratara de sitiar una plaza fuerte.
Aquel numeroso ejército dio vista a Lapeza a las nueve de la mañana.
A nadie encontraron por el camino: ni un tiro, ni una pedrada los recibió. Todo
era silencio y soledad en la ensangrentada villa.
La destruida muralla de troncos no había sido recompuesta, y las campanas no
hacían señal de la llegada del enemigo...
Así entraron en el pueblo los irritados invasores. Y allí debió de cruzar por su
mente una especie de profecía de lo que más tarde les aconteció en Rusia. Lapeza
estaba despoblada, ni más ni menos que Moscú cuando penetró en ella Napoleón el
Grande.
(...)
Ufanos y satisfechos volvían hacia Guadix aquellos héroes, llevando, como únicos
prisioneros hechos en aquella ruidosa expedición, un inerme anciano, decrépito y
enfermo, que encontraron en una choza, y un tímido adolescente que lo cuidaba,
cuando la noticia de lo que sucedía en sus hogares, divulgada en la sierra por
alguna atribulada fugitiva, precipitó sobre el camino a los enfurecidos padres,
hermanos y novios, que bajaban de las alturas como despeñados torrentes.
Empezó entonces un tremendo combate a salto de mata (ésta es su gráfica
calificación) entre los cien vecinos que aún había a las órdenes de Atienza y
los dos mil cuatrocientos expedicionarios franceses.
Una vez lanzado el reto y trabada la lid, los lapezeños empezaron a batirse en
retirada, a la usanza mora, con el fin de internar a los enemigos en las
fragosidades de la sierra.
¡Éstos cometieron la imprudencia de caer en el lazo; y si bien es verdad que sus
terribles armas casi concluyeron con aquel puñado de valientes, no lo es menos
que compraron la vida de cada uno con diez bajas en sus batallones!
Las ásperas rocas, los verdes barrancos, los matorrales y los abismos quedaron
sembrados de cadáveres franceses...
Fue una de tantas poco sabidas pérdidas como tuvieron en España los ejércitos
napoleónicos; pérdidas que no contaban en los boletines de las grandes batallas;
pero que al cabo de la guerra de la Independencia dieron la enorme suma de medio
millón de soldados imperiales muertos o perdidos en nuestra Península.
Atienza -o Atencia, que es como el señor alcalde pronuncia su apellido,
aumentando su energía con esta variante-, el invicto carbonero, que ha
presentado dos batallas en cuatro días a las tropas de Bonaparte, hállase de pie
sobre la altísima peña, rodeado de franceses, acorralado, perdido, cargando su
naranjero con el último cartucho, con la cabeza vendada de resultas del combate
del día 15, recientemente herido en el pecho, todo cubierto de sangre, llevando
al cinto la vara de su jurisdicción, como hiciera con la suya un arriero, y
respondiendo a las intimaciones que le hacen de que se rinda con risotadas
salvajes, cuyos ecos repiten los abismos de la quebrantada sierra.
Cien balas silban continuamente en torno suyo; pero él las esquiva saltando de
un lado a otro, irguiéndose o agachándose: ágil, súbito, elástico, como tigre
que va y viene sin cesar, se encoge, brinca, acude a todas partes, y aterra
tanto en la defensa como en la acometida.
Dispara, por fin, el último trabucazo, trazando en torno suyo un semicírculo con
la tremenda arma, como si quisiese rociar de balas el monte: alcánzalo en esto
otro tiro en el vientre, lo que le arranca un rugido pavoroso: conoce que va a
morir; arroja el trabuco, no sin mirarlo con enojo, al considerarlo ya
inofensivo; sácase del cinto el enorme bastón que conocemos, y dirigiéndose a un
coronel que le insta en mal español para que se entregue:
-¡Yo no me rindo! -dice-. ¡Yo soy la villa de Lapeza, que muere antes de
entregarse!
Y rompiendo el bastón entre sus manos, lo arroja a la faz de los franceses, y él
se precipita detrás, cayendo contra las peñas de un hondo barranco, donde sus
huesos de bronce crujen al saltar hechos astillas.
¡Ni tan siquiera de su cadáver logró apoderarse el enemigo!
Lapeza es ya de los franceses.
El general Godinot recibe la fausta nueva de boca del jefe expedicionario.
-¿Cuántos prisioneros traéis? -le pregunta-. ¡Necesitamos ahorcarlos para que
escarmienten los demás pueblos del partido!
-¡Sólo traigo dos: un viejo y un muchacho! ¡En toda la villa no encontré más
enemigos! -responde el jefe bajando los ojos.
Entonces Godinot no puede menos de admirar la actitud verdaderamente antigua,
clásica, espartana de aquellos montañeses. Pero con todo, insiste en que sean
ahorcados los dos débiles prisioneros...
Nuestros padres nos han referido muchas veces los pormenores de aquella
ejecución...
Pero nosotros la contaremos rápidamente...
Son de índole demasiado feroz para que la pluma se detenga en su relato.
Ataron una soga al cuello del niño, y lo arrojaron desde un mirador de la casa
del Ayuntamiento a la Plaza Mayor de Guadix.
Rompióse la soga, que sin duda era vieja, y el niño cayó contra el empedrado.
Anudaron la parte rota, tornaron a subir a la pobre criatura, colgáronlo de
nuevo, y la soga se volvió a romper.
El niño quedó en el suelo sin poder moverse. No había muerto pero todos sus
remos se habían roto.
Entonces un oficial de dragones, conmovido al mirar que se pensaba en colgarlo
por tercera vez, llegóse al infeliz... y le deshizo la cabeza de un pistoletazo.
Saciada de este modo, al menos por aquel día, la ferocidad de los vencedores,
dignáronse perdonar al anciano enfermo, el cual había presenciado toda la
anterior escena acurrucado al pie de una columna, esperando a que le llegase su
vez de ser ahorcado...
Diéronle, pues, libertad, y el pobre viejo salió de la plaza corriendo y
tambaleándose, y tomó el camino de su pueblo, donde murió de tristeza aquella
misma noche.
¡El niño asesinado en Guadix... era su hijo!